Hoy vi un hombre caer al agua, había llovido fuerte como de costumbre llueve en Cuenca en estas épocas, me encontraba como a menudo hago; renegando solo, sobre mi vida y mi situación, renegando del arte contemporáneo, de mi suerte con la mujeres, de lo apagada que suelo hallar en algunos momentos, la llama de Marx, esa llama que habíase encendido en mi, en mi madre, en el mundo con tanta fuerza y ambición alguna vez… y para darle el toque tragicómico y como ninguna novedad en mí, de estar próximo a una fuerte gripe con todos los síntomas pertinentes. Sobre pensándolo todo, como tantas veces me Samantha me había recomendado no hacer, y mirando esos grandes charcos formados por la intensa lluvia.
Por un momento había contemplado el esplendor de un fuerte sol que parecía fuese a mantener radiante a Cuenca por lo bastante que le restaba de vida a esa tarde, era una sensación extraña la producida, al ver ese dios solemne por esas grotescas ventanas del fiero cuarto de Yari, más ahora la lluvia parecía un llanto interminable del cielo, era un cielo oscuro deprimente con nubes grises de un color que semejaba al agua estancada en algún agujero del pavimento, pero al dirigir la mirada hacia el centro colonial de la pintoresca ciudad, el cielo viséese bastante mas despejado y la población de nubes decreciendo como la natalidad de los alemanes en estos días. Y aunque el cielo no tenía muchas nubes, el color del mismo no era azul en absoluto, tenía esta decoloración que se produce cuando a algún objeto azul, el sol le ha brindado sus rayos por demasiado tiempo y además un ligero tinte grisáceo como óleo que no se había mezclado demasiado. Recordé la estúpida y simple definición de azul de la RAE y me reí otra vez de inmediato de esa organización cuencana tan burda llena de curas ingenuos, proclamando su buena voluntad en apoyo a los derechos humanos que no hacia más que causarme cierta gracia.
Antes pasaba el mediodía y salí del desagradable cuartucho donde hacia un tiempo ya, vivía Yari, como castigo de la sociedad por su intento, mas bien reaccionario de liberarse de la opresión del machismo y de demostrar desesperadamente que podía apañárselas como mujer, e individuo independiente en la sociedad detestable que le había tocado vivir.
Conversábamos sobre Nietzsche y sobre la famosa Oda a Lisítrata de Aristófanes el protofeminismo y como para asombro irónico de los dos una gran feminista primigenia resulto ser también una socialista primigenia y la abuela de nada menos que Paul Gauguin, sí, si que son sorprendentes las ironías de la vida. Ella me pidió que la acompañase a comer algo, pero al percibir la tempestuosa lluvia mis reniegos aumentaron la zona en la que ella vivía ahora en realidad no me hace mucho agrado. Seguí pensando en Gauguin y en la “azuledad” del cielo azul y no llegue a más que reírme de cierta organización acechadora y graciosa de Cuenca.
Por la mañana en el momento justo de levantarme sentí el ardor de las cortadas en las manos que me había hecho la noche anterior, y mis motivos de reniego aumentaron, estaba convencido de que me enfermaría por que había tenido cuatro pequeñas pesadillas por la noche, siempre que tengo pesadillas me había enfermado, antes lo sentía como una especie de premonición mística y metafísica, luego me entere que los problemas respiratorios causan pesadillas como un mecanismo de defensa para no morir asfixiado mientras duermes. Mi vida había seguido en adelante con aquella decepción poética y esta sería una mañana mas en la que tal vez mas tarde me enfermaría.
Nos despedimos, gire inmediatamente en el limite de la cuadra hacia el lugar donde tomaba el bus y vi al hombre caer, y lo recordare por siempre cayendo lentamente, cayendo como cae la dignidad de un hombre en camino al fracaso y pos de la derrota. Hacia un charco completamente lleno de agua estancada que me recordaba a como se veía el cielo sobre el centro hace unas horas.
Cayendo como la mierda de dios cae sobre los hombres, cayendo de manera tal que por un momento sentí que era yo el que caía.
Estaba tan cerca que una gota de porquería salpico a mi rostro, y en ese preciso momento todo aquello por lo que me había encontrado renegando durante tanto tiempo se convertía gloriosamente en un índice de patetismo. ¿Arte contemporáneo? ¿Mujeres? ¿Cortadas en las manos? ¿Discutir con un grupo de curas de Cuenca? ¿Qué hacia yo por Marx? ¿Qué tan importante era la rojedad del rojo en este momento?
Y en mi delirio filosófico me detuve allí pasmado pensando y viendo como todos se alejaban del hombre que había caído. Recordé las palabras de Sam otra vez, susurraban actúa y no lo pienses tanto. Y entonces se acerco un joven, un mestizo con los rasgos toscos característicos del indio americano, de clase baja, seguramente, con un saquillo de maíz al hombro, lo asentó a un lado y tomo al hombre por un brazo lo levanto de un solo envión, lo arrimo contra una columna y sin si quiera preguntarle si estaba bien tomo su carga y siguió con su camino.
Por un momento quedé estupefacto, me acerque lentamente y le pregunte con mi típico tono acobardado hacia los desconocidos
-Se encuentra bien
-Si, si (Su voz sonaba débil y su respiración fuerte mientras asentía con la cabeza)
-Tenga (Le ofrecí un pequeño envoltijo de papel sanitario que tenia, por mi confianza de la gripa que pescaría)
-Gracias
Me aleje lentamente, y sin dejar de verlo, el hombre tiritaba y aun a pasos de él podías sentir un tufo que era una extraña mezcla entre, un olor a alcohol, sudor y el agua sucia.
Estaba envuelto en desgracia, repentinamente el estaba envuelto en desgracia, ¿Acaso el hombre no es un ser tan vano, que se maneja simplemente por la simpatía? Pues sí, lo es, y ese hombre carecía de la misma, no era como una niña en un bus que se convirtió en prostituta a la fuerza, ni como un pobre animalito lastimado, menos como un pequeño caramelero el no causaba esa congoja, no había ternura en el que se vuelva crueldad.
Su imagen representaba todo aquello que no podía ser simpático. Por su parte era un generador de brusquedad, desafección, desagrado, despecho, esquivez. Tal vez era alcohólico, tal vez era grosero, seguramente mal educado. Mi bus llego y lo deje pasar serenamente sin dejar de ver al hombre que tiritaba, viendo sus manos, reacias, que han trabajado el campo, su rostro tenía dos grandes cicatrices y su ropa no paró de escurrir el desagradable líquido. El siguiente bus llegó la gente se amontonaba, como siempre sucede en esa parada todos seguían sus vidas y yo debía seguir la mía, subí casi de ultimo al autobús y en cuanto me senté, como casi siempre en uno de los últimos asientos, volví morbosamente a mirarlo y en ese momento ocurrió un fenómeno descomunal, el hombre miro con curiosidad hacia el cielo y sonrió.
Sonreí también de inmediato y el bus arrancó, luego de muchas paradas en su recorrido el bus paso por un conocido centro comercial, allí todos los cuencanos eran atractivos y la ciudad se veía tan hermosa y cada personaje se veía mejor que el siguiente, las que no eran demasiado guapas, eran esbeltas y los que no causaban atracción, tenían grandes autos, eran muchos jovencitos y jovencitas desde los catorce a los veinte, todos blancos, todos bellos, eran representantes de la alcurnia cuencana, ellos no concebían esa realidad que yo había momentos atrás percibido de cerca, ellos solo pensaban en ellos en su estatus en como se veían, en cuanto sexo conseguirían, en que película estrenarían hoy. Ellos resultaban ser la representación viviente de la simpatía. Entonces pensé, este mundo tal vez jamás deje de darme asco.